El siempre genial Germán Coppini, ex Siniestro y pope de Golpes Bajos, lanzaba en el 83 un mensaje de aburrimiento generacional que tuvo el acierto de titular Malos tiempos para la lírica; quizás porque el género lírico es el vehículo de comunicación más apropiado para manifestar los sentimientos íntimos a través de una voz poética perteneciente a la ficción. Además, la lírica, a través de un discurso subjetivo producto de la interiorización, facilita una interpretación emotiva de la realidad. En los ochenta, la realidad tenía sus dudas; mientras Reagan anunciaba su “Guerra de las Galaxias” particular, nacía el CD y al recién descubierto asteroide 9007 lo llamaron James Bond. Eran esos tiempos.

Pero en estos que nos vuelan el bolsillo o, para ser más precisos, nos lo saquean, la lírica ha cobrado protagonismo. No estamos para etapas de aburrimiento generacional y sí en momentos de corre que te alcanzo y, quizás, esa velocidad que percibimos alrededor nos impulsa a ponernos a la cabeza de la maratón, a escudriñar y desentrañar de muy adentro nuestro discurso para no perder la vez ni la voz.

No hemos visto tanta editorial ni tanta poesía como de unos años para acá. Parece que, finalmente, la lírica llegó para quedarse y ocupar un puesto relevante en nuestras lecturas. Es posible que la ruptura formal (nuevos rasgos estilísticos, tipográficos, sintácticos), con una apropiación del lenguaje más mundano y reconocible, haya obrado el milagro de hacer bajar al género de  la cresta sobre la que oteaba el horizonte.

El rap, aunque de forma tardía en nuestro país, también ha ayudado a hacer el oído a la cadencia creada por palabras y sílabas, el flow, al patrón de rimas,  a la expresión de un sentimiento real, humano y palpable por encima de vuelos arrobadores, exquisitos.

Y lo último que se despacha son los proyectos transmedia en productos culturales: películas que desbordan la tradicional y, de aquí a poco, primitiva, experiencia de dos horas delante de una pantalla de cine; novelas que se salen de   la constreñida hoja para planear por mundos más generosos; melodías capaces de deleitar nuestros oídos y el resto de sentidos más allá de las ondas elásticas.

Ahora ya no valen los preceptos de la enunciación lírica entendida a la vieja usanza. La obra se magnifica, crece y se reproduce dejando al autor una sensación de vértigo difícil de evitar. Cuando lo objetivo y lo subjetivo se encuentran, entra en escena un tercero en concordia, o discordia (y un cuarto, y un quinto…)  que conducirá los derroteros por los que la obra se va a desarrollar.

Son los mejores tiempos para la lírica, sin duda,  pero nos gusta recordar a Germán y sus colegas con este temazo que se convirtió en el himno de nuestra generación.